30 de septiembre
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Cuando la vida se impone, no queda otra que rendirse. Nos rendimos al paso del tiempo, a la distancia que nos separa y a los recuerdos que pueblan memorias y corazones. Nos rendimos a los malentendidos, a los silencios de los que ignoramos los motivos, a lo que no sabemos y a lo que va tan rápido que perdemos la pista.
Pero la vida no siempre es así. También nos impone gustosamente otras cosas: el presente que se nos regala justamente al lado de las personas a las que queremos. Es un regalo de la vida, que es un regalo de Dios. Nos regala el presente y el amor para que disfrutemos y construyamos ese momento y ese lugar donde los otros también disfruten.
Se ha impuesto un nuevo curso que empieza -aunque a este paso si me despisto llega Navidad- cargado de cosas. Cada nuevo proyecto es un desafío, y todos sabemos de eso, pues la vida se dedica a hacernos renacer.
El presente está lleno de personas y de retos.
Por si alguien está tentado de asustarse, que mire al horizonte. La mirada debe estar puesta en el horizonte, pero si el sol está bajo nos volverá ciegos, y si está alto no veremos nada; si atardece el horizonte será precioso, pero nos dejará la nostalgia del sol que se ha ido. Sin embargo, miremos al horizonte, porque hay un sol que aunque por algún milagro de la Creación se pasa la historia amaneciendo, no nos ciega ni desaparece ni nos deja nostalgia ni nos mata de calor al mediodía. Es el sol que, aunque amanece, nace de lo alto. El horizonte no nos parecerá inalcanzable si miramos en él al sol de Cristo, quien nos regala esa vida de presente para disfrutar amando. Sin miedos; sin pensar en lo que se nos impone, sino en lo que se nos ofrece.
Mucho ánimo.
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