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por Elo


El sol que se nos ofrece

30 de septiembre 0 Ver comentarios

Cuando la vida se impone, no queda otra que rendirse. Nos rendimos al paso del tiempo, a la distancia que nos separa y a los recuerdos que pueblan memorias y corazones. Nos rendimos a los malentendidos, a los silencios de los que ignoramos los motivos, a lo que no sabemos y a lo que va tan rápido que perdemos la pista.

Pero la vida no siempre es así. También nos impone gustosamente otras cosas: el presente que se nos regala justamente al lado de las personas a las que queremos. Es un regalo de la vida, que es un regalo de Dios. Nos regala el presente y el amor para que disfrutemos y construyamos ese momento y ese lugar donde los otros también disfruten.

Se ha impuesto un nuevo curso que empieza -aunque a este paso si me despisto llega Navidad- cargado de cosas. Cada nuevo proyecto es un desafío, y todos sabemos de eso, pues la vida se dedica a hacernos renacer.

El presente está lleno de personas y de retos.

Por si alguien está tentado de asustarse, que mire al horizonte. La mirada debe estar puesta en el horizonte, pero si el sol está bajo nos volverá ciegos, y si está alto no veremos nada; si atardece el horizonte será precioso, pero nos dejará la nostalgia del sol que se ha ido. Sin embargo, miremos al horizonte, porque hay un sol que aunque por algún milagro de la Creación se pasa la historia amaneciendo, no nos ciega ni desaparece ni nos deja nostalgia ni nos mata de calor al mediodía. Es el sol que, aunque amanece, nace de lo alto. El horizonte no nos parecerá inalcanzable si miramos en él al sol de Cristo, quien nos regala esa vida de presente para disfrutar amando. Sin miedos; sin pensar en lo que se nos impone, sino en lo que se nos ofrece.

Mucho ánimo.


¿Miedo de qué?

7 de agosto 1 Ver comentarios

Cuando más tranquilos estamos va y se nos mueve la barca. Estábamos tan anchos, llenitos de las palabras consoladoras de Jesús, con el estómago lleno y un camino por delante, orgullosos de ser quienes somos… y el caos del fondo del mar se nos quiere llevar, con nuestro consuelo lejos y ajeno a todo. Y, por si fuera poco, se nos aparece un fantasma: el miedo.

¿Un fantasma? A ver si va a resultar ahora que el miedo no existe. Claro que existe el miedo: camina sobre el agua y viene hacia nosotros y nos parece que nos va a llevar al infierno, por lo menos. No lo reconocemos, hace cosas rarísimas y aparece en el peor momento; se acerca inexorable y amenazadoramente a nuestra inestable barquita, pero lo peor de todo es su silencio. No sabemos quién es, por qué viene, qué terrible noticia nos trae y qué puede pasar a continuación. O sea: estamos perdidos.

Menos mal que cuando el miedo habla es para disolverse. Es curioso que el remedio contra el miedo no sea la valentía, sino la fe; no se trata de tener un montón de seguridades, sino de confiar en lo que tenemos delante y descubrir que no es tan terrible, sino todo lo contrario: “Soy yo”. Cuando conocemos lo que viene hacia nosotros y le ponemos nombre, y ese nombre está de nuestra parte, nada puede salir mal. Cuando nos hacemos conscientes de que de cualquier circunstancia podemos sacar algo bueno el miedo desaparece, porque entonces estamos llenos de fe: fe en lo bueno que es Dios y todo lo que ha hecho, incluyendo nuestra propia vida y nosotros mismos.

¿De verdad tener fe en uno mismo puede tener ese efecto maravilloso que nos lleva incluso a andar sobre el agua? Parece que sí. A lo mejor es cuestión de probarlo: confiemos en nosotros, que llevamos impregnada la imagen de Dios.
 


Nos entendemos

29 de julio 1 Ver comentarios

Para que nos entendamos Dios nos dio una sola lengua. No tengo ni idea de qué idioma hablaban Adán y Eva. Mark Twain escribió su Diario y nos hace sonreír ver lo poco que se entendían al principio; no es más que literatura, pero en algunas cosas debe tener razón. Ella todo sentimientos, sensibilidad y curiosidad; él amante de las emociones fuertes y la caza. Tópicos en parte, qué más da. El caso es que finalmente se entendieron. Lo dicho: una sola lengua.

Sabemos lo que pasó después, en Babel. Ahí empezó el desastre, pero hasta entonces la humanidad era una sola en su lenguaje. Y ahora, ¿estamos en el Paraíso o en Babel? En Babel, tal vez, por mucho que se haya inventado el esperanto o que todos sepamos un poquito de inglés. Estamos en Babel: yo te hablo de unos sentimientos y tú tienes otros; yo soy economista y tú médico, ingeniero, abogado o tienes un estanco; para mí la vida son los ríos que van a dar a la mar y para ti es una carrera de obstáculos. Para mí puede ser belleza y para ti superación… ¿y si son la misma cosa? A lo mejor yo hablo como una resabionda y tú montas coches en una cadena… ¿y?

A lo mejor estamos aún en el Paraíso, donde sólo hay una lengua. El idioma común de Dios es tuyo y mío. Ahí está, existió una vez y tiene que existir en lo más profundo de nosotros mismos, desnudo de conceptos complicados, cargas sociales, memoria histórica o prejuicios. Qué listo fue Dios y qué agudo Jesús, que supo que quienes mejor le entienden son los sencillos. Si alguien no me entiende… por favor, que me enriquezca con su sencillez. Si hay algo que no entiendas, piensa que tal vez no se trata de entenderlo, sino de disfrutarlo, sin más; piensa que tal vez ni yo misma me entienda muy bien, pues quien habla no soy sólo yo, sino, como Jesús –salvando infinitamente las distancias, claro-, Dios se revela por mí. Ojalá lo haga a los sencillos.
 


Pedir perdón por el silencio

15 de julio 2 Ver comentarios

Pedir perdón por el silencio. El silencio es bueno, pero el olvido malo. No son lo mismo, pero a veces se roban el rostro. El silencio puede estar lleno de palabras y recuerdos; el olvido está lleno de olvidos y vacíos. El silencio puede ser oración, el olvido puede ser ruido. Un lío auténtico.

Pedir perdón por la ausencia, la desaparición.

Pedir perdón no puede ser a medias, tiene que ser a todos, a Dios y los demás, que son nuestros pequeños diosecillos, nuestros pequeños absolutos. Ojalá fueran más absolutos, más fines en sí mismos. Sin que nos absorban, pero adorando lo que hay de Dios en ellos.

Pedir perdón por la prisa, muy mala amiga, que se nos hace tan dulce y acaba ahogándonos… ¿alguno lo habéis experimentado alguna vez? Os digo que es así. Y como en este momento me está ahogando… A Dios le llevo conmigo, a vosotros espero veros pronto.


El espíritu de la resaca

13 de junio 3 Ver comentarios

La resaca pascual nos pilla a mediados de junio, agotados por el esfuerzo de todo un año de trabajo y de equilibrios en la vivencia de nuestra fe y nuestro día a día, generalmente bastante mediocre. Tal vez hayamos tenido un año lleno de Dios y de sus milagros y manifestaciones espectaculares, pero lo más probable es que no. Si es así, eres de los míos. Del montón, uno en la multitud de los que estaban por allí cuando bajó el Espíritu.

Esto del Espíritu es un recurso de Dios para estar en dos sitios a la vez: arriba esperando al Hijo y abajo con los otros hijos, celosos y asustados de lo que se les viene encima. Esta bendita vida… qué paradójica es, fácil y difícil al mismo tiempo, bonita como verdes praderas donde los pastores nos hacen recostar a las ovejitas… y árida como el valle de lágrimas donde suspiramos y lloramos. Cualquiera lo entiende.

Pues el Espíritu es más o menos igual de contradictorio. Viene para quedarse… en forma de viento, que no para en ningún sitio, o de fuego, que apenas es una ilusión óptica de la imaginación de los apóstoles. En realidad viene en forma de nosotros mismos. Resulta que nos da dones que ya tenemos, frutos que ya se nos ha olvidado cuáles son y carismas que Pablo dijo que no sirven para gran cosa. Que lo mejor que podemos hacer con el Espíritu es creérnoslo, sin más, y amar, ni más ni menos.

Pues el Espíritu, lo notemos o no, dice la Iglesia que ha venido para todos. No intentes agarrarlo, que no funciona, así que como consejo… déjale que vuele mientras tú sigues tu vida ordinaria acordándote de amar bastante, aguantar todo, esperar todo, no llevando cuentas del mal y alegrándote con la verdad. Confía sin límites, que es la manera de que el Espíritu siga contigo para siempre.

 


¿Qué cara se te queda?

5 de junio 2 Ver comentarios

He hecho el camino contrario al de Jesús. Tal día como hoy, fiesta de la Ascensión, se va y nos deja… y decía que nos quería, y sigue diciéndolo. Reparando mi desaparición de escena me presento yo, con pocas palabras que decir, porque me he quedado, como los discípulos, mirando al cielo. Y me les imagino perfectamente con la boca abierta con cara de bobos.

Tal como nos lo presenta Lucas, la escena fue para quedarse lelo. Nubes, resplandores, angelotes desnudos, trompetas y voces celestes y el Padre en lo alto sentado en un trono esperando tranquilamente con cara satisfacción y de decir: “Bienvenido a casa, hijo”. Y abajo los discípulos pensando: los efectos especiales fenomenal, pero… ¿y ahora? Ahora aparecemos nosotros. Aquí estamos. Allí estaban.

Mientras Jesús se aparecía resucitado todo era relativamente fácil. Tenían a qué agarrarse. Tal vez hiciera falta tocar para acabar de creérselo, pero el caso es que era verdadero, palpable. Lo describen con un cuerpo de verdad; la experiencia fue tan intensa que nunca volvieron a ser los mismos, y tal vez pensaron que eso iba a ser así para siempre. Pero fue pasando el tiempo y la cosa se disolvía poco a poco. Volvían los problemas de siempre: Pedro seguía siendo un fanfarrón, Tomás un incrédulo, Juan un mimado y la de Magdala una soñadora. Y la cosa perdió intensidad y se miraron a la cara y se encontraron unos a otros… y recordaron y creyeron en una promesa.

Aunque bajara el calentón de que Jesús seguía hasta teniendo cuerpo, era necesario continuar creyendo porque seguía siendo verdad: Jesús estaba allí. Y hoy también continúa siendo verdad: Jesús sigue estando aquí. Se fue, pero no del todo. Alucinamos de lo que vemos, y es porque Jesús sigue por aquí, en los milagros cotidianos a los que se nos ha acostumbrado la retina: a la esperanza “a pesar de todo”, por ejemplo. Ya lo siento: no he tocado a Jesús resucitado en estos cuarenta y tantos días, pero la vida me sigue diciendo que está aquí, y, ya que lo vemos subiendo al cielo, bajemos a la tierra. Bienvenidos al mundo.
 


Una vida en dos palabras

19 de mayo 2 Ver comentarios

El P. Coll no nació en buena época para nacer, ni en un buen sitio, pero como Dios hace las cosas como las hace y después les da otro sentido… resultó ser como tenía que ser. El pequeño de un montón de hermanos en una familia de más bien escasos fondos, pero con una personalidad arrolladora. El párroco del pueblo le vio que “iba para cura”, no era algo tan raro, y mucho menos tan raro como ahora. Dejó su casa bien pequeño y se fue a comerse el mundo. No se lo comió, pero hay que reconocer que hizo sus méritos.

Primero se fue de su casa. Después se fue de Vic, en busca de un convento de dominicos que le acogiese, y llegó a Gerona. Cuando ya se había puesto cómodo otra vez tuvo que marcharse. Llegó Mendizábal y les expropió el convento. De vuelta a Vic. Después cura errante por Cataluña, predicando de pueblo en pueblo que no se puede vivir sin fe, gritando que es mejor vivir en paz que con el rencor dentro, y que más vale tener un corazón grande que quedarse con él encogido.

Lo del corazón grande se lo tomó tan a pecho que ver la situación fue superior a sus fuerzas. En los inicios del desarrollo industrial en Cataluña estaba claro quién tenía más que ganar –quien ya tenía bastante- y más que perder –quien tenía menos. Las más débiles, las mujeres, y entre las mujeres, las niñas. Tal era la situación que vio que no podía solo. E hizo nacer la Anunciata, surgida de la nada como un champiñón. Bueno, de la nada tampoco: surgida del panorama desolador de los pequeños pueblos catalanes y del corazón que explotaba del dominico Francisco. Siete hermanas y buena voluntad, y mucho curro. Y nació la Anunciata, y creció la Anunciata, y permaneció la Anunciata. Y aquí sigue. Tal vez no seas una niña víctima de la incipiente industria, pero si estás leyendo esto debe ser porque algo ha hecho el P. Coll por ti. Celébralo.
 


Prepárate

19 de mayo 2 Ver comentarios

Si ahora tuviese un cuerpo o si en mi época hubiese habido Internet dad por seguro que lo habría utilizado para algo bueno. Habría hablado por los codos, habría bloggeado, twitteado, tuentiado… de todo. Porque cosas que decir no me faltaron nunca.

 

Un ejemplo: apenas un mocoso y ya me subía a la fuente del pueblo para hacerme oír. En mi época hablar de Dios no era raro, y mucho menos algo de que avergonzarse. A mí me latía dentro. El cura hablaba de amor, de sencillez, de esperanza ilimitada… y creedme que eso nos hace falta a todos. Sí, el cura me llevó de calle. Y yo quise buscar un sitio desde donde repetir todo eso que escuché de niño, y que me hacía feliz en mi situación peliaguda de familia numerosa en un pueblecito en medio de la nada.

Y para repetir buenas noticias… la Iglesia. Primero seminarista, pero me dejó a medias, faltaba algo. Me fui dominico, a vivir en comunidad y poner en práctica eso de que hay que amar a todos por igual. Las circunstancias me lanzaron otra vez a la calle con mucho que decir, tanto que para poder repetirlo tuve que ponerlo en obra: que el amor no se acaba nunca, que quien pierde la esperanza pierde el tiempo, que un corazón sano es el que deja los rencores para atrás, y que la vida si no se reparte se queda mustia.

Convencido de todo eso, y con una sola boca, busqué quien me siguiera el rollo. Había que poner por obra todo eso y era un trabajo enorme. Siete valientes y, según mi obispo, incautas chavalas me siguieron. Y aquí estamos, contentos con lo hecho. Ahora dicen que soy santo; que digan lo que quieran, yo sé que desde que supe en qué tenía que gastar mi vida no dejé de hacerlo, y que desde que lo hice la vida se me gastó rapidísimo. Eso es lo que pasa a los que usan la vida como debe ser: que miras para atrás y dices: “qué bien”.

¿Qué más queréis que os diga? Que probablemente os quede mucho por hacer. Valor y al toro.
 


Imagínate una oveja...

15 de mayo 0 Ver comentarios

La imagen del buen pastor nos trae a la cabeza y al corazón el retrato más antiguo de Jesús, ese chavalín imberbe con un corderito en los hombros que apenas se adivina en las catacumbas, el lugar de la búsqueda de la seguridad por excelencia. Curioso: donde se buscó seguridad se dibujó al pastorcito Jesús, llevando una oveja consigo a buenos pastos, sin duda.

Nos trae también la imagen del rebaño metidito en el redil, en paz y armonía, esperando escuchar la voz conocida que le llame a salir afuera. Imagino las ovejas saliendo ordenadamente, sin empujarse ni balar ni crear confusión, más o menos como cuando, de pequeña, las veía saltar una valla las noches de insomnio. Me temo que nunca más veré ovejas saltando una valla, ahora que sé que difícilmente una tranquila oveja podrá saltar nada como si fuera un caballo. Las ovejas no saltan vallas aunque a mí me dijeran que sí, ni salen en fila india de los rediles a la voz de Jesús.

Sin embargo, niña o no, yo puedo imaginar lo que quiera. Y hoy quiero imaginarme mi rostro en el cuerpo de una encantadora ovejita, sonriente y feliz a hombros de Jesús. Hoy quiero imaginarme físicamente a hombros de quien me cuida y me conduce a buenos lugares, donde no me falte el alimento, el sol, el agua y la paz. Hoy los hombros de Jesús son más fuertes que nunca y su voz masculina pero suave, fuerte y segura, conocida por mí y amada por mí, me dice algo. Hoy soy la preferida del rebaño; justamente la oveja que va feliz, sostenida y abrazada por su cuidador, tiene mi cara. Y la tuya; sólo tienes que volver a ser niñ@, olvidar que las ovejas ni saltan vallas ni hacen filas indias… e imaginar tu rostro en la ovejita de Jesús.
 


Bajando el subidón

12 de mayo 2 Ver comentarios

Cuando Pedro, Santiago y Juan, escogiditos, subieron con Jesús al monte y se encontraron el panorama de la transfiguración, tuvieron la experiencia de su vida. No querían que acabara; se querían instalar allí, montar tres tiendas, quedarse a vivir y olvidarse del mundanal ruido y los patosos y ruidosos compañeros de camino. Un subidón espiritual en toda regla. Pero les esperaba otra cosa.

Nada más bajar del monte les cayó un jarro de agua fría. No sólo Jesús no aceptó quedarse en la gloria, sino que les empezó a cargar con cruces: “Me entregarán (y a vosotros)”. Lo que faltaba. Bienvenidos de nuevo a la vida, al cansancio del camino que no se acaba más que cuando te obligan a pararte; bienvenidos a la compañía ignorante e insensata de vuestros compañeros, que sólo piensan en ponerse por encima de vosotros; bienvenidos a las decisiones equivocadas, a las traiciones y los fracasos. Vamos a la gloria de verdad.

Transfigurado o no, o confías en que un camino por el que vas acompañado lleva a alguna parte… o no vas a parte alguna. Lo más trascendente de la vida terrena de Jesús no fue ni el bautismo, ni la transfiguración, ni el halo de mesianismo que la gente más sencilla y agradecida quería ponerle; lo más trascendente de la vida de Jesús -y con Él de sus discípulos- fue el largo camino confiando en que al final estaba Jerusalén, en lo alto de Jerusalén la cruz y, un poco más allá, un sepulcro vacío. Fue la confianza del camino lo que le hizo anunciar su pasión sin que le temblase la voz.

La confianza puede convertirse también en la experiencia más material de nuestra espiritualidad, o en la espiritualidad más experiencial del hombre que cree en el Dios vivo. O vivimos la espiritualidad en nuestros actos de confianza, o todas las transfiguraciones de nuestra vida (suponiendo que tengamos alguna) pasarán como experiencias que aterrizan en la dureza del camino. Bienvenidos al mundo.
 


EloElo
Aunque todo el mundo me conoce como Elo, en realidad soy Eloísa María Braceras Gago, nombre rimbombante que recibí en memoria de mi abuelo Eloy el día de Pascua de 1974...
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